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Repensar el trabajo y construir una nueva sociedad


La inteligencia artificial y la automatización son cada vez más capaces de realizar las tareas laborales actuales. En gran medida, no se limitan a sustituir a los trabajadores humanos, sino que los empoderan y asisten, trabajando en simbiosis con los humanos y ayudándonos a conseguir más. Sin embargo, siendo realistas, la automatización también reducirá el número total de trabajadores humanos necesarios.

Al igual que los robots de las cadenas de montaje automatizaron parte del trabajo de los empleados de las fábricas, los sistemas de conducción autónoma empezarán a hacer lo mismo con los taxistas y los transportistas de larga distancia, las plataformas de RPA y de flujo de trabajo inteligente automatizarán los trabajos de muchos trabajadores administrativos, y los generadores de texto como GPT-3 podrían empezar a sustituir el trabajo de periodistas y redactores en las publicaciones.

El desempleo tecnológico a gran escala podría ser un desastre, o podría ser la oportunidad que necesitamos para repensar el concepto de trabajo y reestructurarlo de una manera más sana, justa y beneficiosa.

En la actualidad, los trabajos que hacen más bien a la sociedad se encuentran a menudo entre los peor pagados: el cuidado de niños pequeños y ancianos, la enfermería, el cultivo y la preparación de alimentos, o el trabajo en el campo de la sanidad. Aunque es cierto que gran parte de nuestro estatus proviene de nuestros ingresos, estos trabajos, de vital importancia, se encuentran entre los de menor estatus.

Si las máquinas se encargan de gran parte de nuestro trabajo, podría ser el impulso que necesitamos para redefinir el trabajo y reinventar una sociedad más igualitaria y comunitaria en la que las personas pasen más tiempo cuidando de sus familias, vecinos y comunidades.

Podríamos pasar menos tiempo viajando al trabajo y sentados en cubículos, y podríamos pasar más tiempo al aire libre, lo que nos haría más saludables y menos propensos al agotamiento. Nuestro orgullo y nuestro estatus provendrían de nuestras relaciones y no de nuestros trabajos.

¿Cómo hacerlo? Pues como gallego que soy, ahí va una pregunta digna de serie de Netflix… ¿El desempleo tecnológico masivo conducirá a la utopía descrita anteriormente o a una distopía en la que una minoría rica es dueña de la tecnología y todos los demás se mueren de hambre en las calles?

Sin duda, la palanca clave que marcará la diferencia vendrá de la mano de instituciones educativas y culturales, que respaldados por pactos de Estado fruto de los acuerdos de todos los actores implicados, desempeñarán un papel fundamental. La automatización es un activo que puede reportar enormes beneficios económicos, y habrá que diseñar quién recoge esos beneficios y cómo se reparte el pastel de forma equitativa. Consideremos el petróleo como un activo comparable.

Noruega y Arabia Saudí cuentan con ricas reservas de petróleo y, en consecuencia, ambos tienen un elevado PIB. Sin embargo, Noruega tiene un mayor nivel de vida y un menor impacto medioambiental. Obtiene mejores resultados que Arabia Saudí en una serie de indicadores sociales y medioambientales: esperanza de vida, media de años de escolarización, PIB per cápita, tasa de homicidios y emisiones de CO2 per cápita.

Tanto Arabia Saudí como Noruega tienen un activo que les ha hecho ricos, pero sus diferentes políticas gubernamentales han determinado la diferencia en la calidad de vida de sus ciudadanos. La Unidad de Inteligencia de The Economist y ABB han creado el Índice de Preparación para la Automatización (ARI) que evalúa el grado de preparación de los distintos países para los retos y oportunidades que presenta la automatización inteligente.

El ARI tiene en cuenta las competencias de la mano de obra de cada país, así como las políticas de mercado laboral de su gobierno y el grado de fomento de la innovación por parte de sus iniciativas gubernamentales. El resultado es una medida de la probabilidad de que cada país traduzca el potencial de la automatización en verdaderos beneficios para sus ciudadanos.

Los países con las mejores puntuaciones del ARI son Corea del Sur, Alemania, Singapur, Japón y Canadá. Los gobiernos no pueden limitarse a esperar a que el desempleo tecnológico se convierta en un problema grave. Tienen que planificar con antelación para poder adaptarse y sacar el máximo provecho del cambio.

Si no hacen nada o esperan que las empresas privadas resuelvan el problema por sí solas, podrían arriesgarse a un descontento social a gran escala, ya que los beneficios de la automatización sólo llegarán a unos pocos.

Por otro lado, las instituciones educativas y culturales tienen que ayudar a dar forma a nuestras prioridades y normas, desvincular nuestra valía y valor de nuestra contribución a la economía, y liderar la transición de una cultura que deriva el estatus del trabajo y los ingresos a una que lo deriva de la comunidad y las relaciones.

Me gusta ser positivo, pero con respecto a este tema, extremo la cautela. Y no porque no confíe en lo bueno de la tecnología, sino porque no confío en la competencia de los que llevan el barco. Demasiado mirar al pasado y ni de reojo al futuro. Utilizar los beneficios de la automatización para construir una nueva sociedad más justa y relacional está en nuestra mano, pero tenemos que actuar rápidamente. ¡Esto es imparable!

Publicación de José Luis Casal en El Economista

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